jueves, 12 de junio de 2008

LA NODRIZA DE ECA DE QUEIROZ

La nodriza

Había una vez un rey joven y valiente, señor de un reino abundante en ciudades y campos de labranza, que partió a pelear a tierras lejanas, dejando tras de sí una reina que lo lloraba amargamente y un hijo que, desde su cuna, lo lloraba amargamente también.La noche lo vio marcharse llevado por sus sueños de conquista y de fama. Pero no lo vio regresar. Cuatro semanas después uno de sus hombres de confianza apareció trayendo la noticia de una batalla perdida y de la muerte del rey, atravesado por siete lanzas a orillas de un gran río.La reina lo lloró durante noches enteras. Pero su llanto, claro está, no le hizo olvidarse de las cosas prácticas de la vida, como por ejemplo, que el rey tenía un hermano, que este hermano era codicioso, y que lucharía con uñas y dientes para arrebatarle el reino.Y así fue, en efecto. Tan pronto como el hermano supo de la muerte del rey formó un ejército numeroso en las montañas, donde vivía, y se dirigió a la ciudad real para sitiarla y ponerla a sus pies.Cuando la reina supo que su cuñado venía a quitarle el trono para ocuparlo él, mandó asegurar las puertas de la ciudad con fuertes cadenas. Pero los mejores hombres habían partido con el rey y habían muerto en la batalla al lado de su señor. Y ahora, dime, ¿qué podría hacer la reina con un ejército de mujeres y niños, de ancianos y enfermos, de lisiados y tuertos? Tanta era su desesperación al oír a lo lejos los cascos de los caballos enemigos, que lo único que se sentía con fuerzas de hacer era ir a la cuna del niño y bañarle con sus lágrimas las mejillas.Una esclava fiel trataba de consolarla diciéndole que no debía temer nada, que ya vería cómo las cosas se arreglarían, etcétera. Por supuesto que la esclava no creía ni ella misma lo que decía, pero aparte de propinar los consejos que ya escuchamos, hizo también algo más: con un solo enérgico movimiento tomó a su hijo, que era de la misma edad que el príncipe heredero, y lo puso en la cuna real, mientras quitaba a éste y lo colocaba en la cuna de su hijo.Me preguntarás por qué hizo esto la esclava, ¿no es verdad? Es claro: para que si el hermano del rey entraba a los aposentos reales e intentaba matar al príncipe heredero, a quien mataría sería a un esclavo.Todo sucedió como la nodriza había sospechado. Bruscamente un hombre enorme, de cara encendida, con la capa negra sobre la cota de malla, surgió de la puerta de la estancia. Miró, corrió a la cuna de marfil donde los brocados resplandecían, arrebató al niño como si cogiese una bolsa de oro y, ahogando sus gritos con su capa, salió furiosamente. La reina, que desde el fondo del salón había seguido todos y cada uno de los movimientos de aquel gigante vestido de negro --que no era otro que su perverso cuñado--, no pudo sofocar un grito de terror y casi se desmaya al ver cómo, a grandes zancadas, se llevaban a su hijo acaso para matarlo.Cuando el raptor desapareció en la negrura de la noche la esclava se acercó a su ama, y le pasó cariñosamente el dorso de su mano por sus mejillas encendidas, y le alisó los cabellos una y otra vez, y por último, le dijo:--"No te preocupes, señora mía. El príncipe heredero está a salvo. Cuando sospeché lo que harían con él puse en su lugar a mi hijo. De modo que ve a la cuna de mimbres, propia de los esclavos, y besa al hijo de tus entrañas".Pero la reina seguía llorando. Nada lograba consolarla. Y cuanto más hablaba la esclava, más violentamente lloraba su señora. ¿Y sabes por qué? Porque como la reina ya había sospechado que matarían a su hijo (ya te he dicho que las mujeres tienen grandes intuiciones), queriendo protegerlo, sin que la nodriza se diera cuenta, lo había cambiado de cuna. "Que maten a éste", dijo. De modo que el niño que se había llevado el raptor era realmente el príncipe heredero. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.--"No, no, así no es el cuento --me dijo mi sobrina arrebujándose en las sábanas--. Anoche me lo leyó mi papá en un libro y no terminaba así. En el cuento que me leyó mi papá no se llevaban al príncipe heredero".--"Ya lo sé que no. Pero, vanidad aparte, así el cuento es mucho más interesante. La reina, si no hubiera sido tan... tan...".--"Tan gandalla", completó mi sobrina.--"Sí, tan gandalla, como dices, hubiera visto a su hijo sano y salvo. Además, ¿por qué no confió en la bondad de su esclava? ¡Pobre reina! Jamás se imaginó que su sierva hubiera podido ser capaz de un gesto semejante. Y esta desconfianza, como puedes ver, la pagó muy cara. En este mundo confiar en la generosidad de los demás es algo sumamente necesario...".--"Sí --dijo mi sobrina--, hubo allí un serio problema de comunicación. Si se hubieran puesto de acuerdo en lo que pensaban hacer...".--"No precisamente de comunicación. ¡Cómo se ve que perteneces a la era de Internet! Más que de comunicación, lo que hubo fue una falla de confianza que pronto se revirtió contra la culpable. Porque has de saber que estas fallas siempre se revierten".--"Sí", dijo mi sobrina.Y ya no dijo más porque se quedó dormida. Y yo salí de su cuarto más que satisfecho por haberle enmendado la plana nada menos que a Eça de Queiroz.